Se han encontrado restos de acueductos en muchos antiguos asentamientos egipcios, indios, persas, griegos, aztecas y, sobre todo, romanos. En la metrópolis de Roma, una red de acueductos de 415 kilómetros traía el agua a la ciudad (que se utilizaba tanto para beber como para abastecer las termas). Los acueductos romanos eran auténticas maravillas de la ingeniería, y algunos hacían las veces de puentes para cruzar barrancos o ríos. Aunque existían algunos riesgos para la salud al transportar el agua por los acueductos (principalmente el uso de plomo en su construcción), estos eran muy importantes para que un pueblo prosperase y se convirtiese en una ciudad.