Cartago fue una de las grandes ciudades de la antigüedad hasta que Escipión el Africano mandó arar sus tierras y cubrirlas de sal (según cuenta la leyenda) para poner fin a la Tercera Guerra Púnica. Cuenta la leyenda que fue fundada por la reina Dido, aunque la verdad es que comenzó siendo una colonia fenicia junto al golfo de Túnez que se expandió a lo largo del primer milenio a. C.
La situación ideal de Cartago en la costa norte de África la convirtió en un importante núcleo comercial en el Mediterráneo durante los siglos siguientes. Sin embargo, el éxito no llegó sin consecuencias, pues Cartago atrajo la atención de Grecia y Roma, y los subsiguientes conflictos con estos temibles rivales han inspirado numerosas leyendas.
La tensión con Grecia por el control de las ciudades de Sicilia y sus rutas comerciales provocaron una serie de conflictos conocidos como las Guerras Sicilianas. Cartago, que contaba con algunos de los mejores generales de la época en sus ejércitos, como Amílcar Magón y su nieto Aníbal Magón, logró conquistar toda la isla en el siglo III a. C. Roma aprovechó los subsiguientes conflictos entre griegos y cartagineses para asegurar su dominio en toda Italia.
La expansión de Roma no tardó en suscitar la ira de Cartago, pues al poco de finalizar las Guerras Pírricas ambas naciones ya se estaban disputando los territorios y el comercio de la zona. Una serie de crecientes conflictos que serían bautizados como Guerras Púnicas surgieron en el 264 a. C., cuando ambas potencias se vieron envueltas en una disputa local por el control de la ciudad siciliana de Mesina. Aunque logró resistir hasta el año 146 a. C., en parte gracias a la labor de Aníbal y otros grandes generales, el maltrecho pueblo de Cartago tuvo que acabar rindiéndose; la ciudad ardió hasta los cimientos, buena parte de la población fue asesinada y los supervivientes fueron vendidos como esclavos.